Batería de Cabo Menor

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Después de haber tratado de manera extraordinaria una fortificación terrestre, volvemos al elemento natural del blog. Regresamos a visitar la bonita ciudad de Santander para conocer la historia de un enclave fortificado desde el siglo XVIII y de los que nos quedan algunas piedras que han visto guerras, incendios y hasta la construcción de un campo de golf a sus espaldas que afortunadamente respetó aquellos exiguos restos

Cuando hablamos de los nidos de ametralladoras destacamos que la evolución de la línea costera de la ciudad, vio desaparecer gran parte del entramado fortificado que defendió Santander. De todo lo construido hasta el siglo XIX únicamente son apreciables los restos de la Batería de Sandoval y los de nuestra protagonista de hoy, la Batería de Cabo Menor y situada en la punta homónima. Desde luego su afortunada localización, alejada del casco urbano y de la línea de playa, ha sido la razón principal que ha permitido que parte de su estructura haya sobrevivido a tantos avatares de la historia.

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Situación de la Batería de Cabo Menor en el cabo del mismo nombre al Norte de Santander

No es ciertamente la del Cabo Menor una fortificación relativamente antigua, puesto que cuando empezó su construcción Santander ya contaba con varias baterías y castillos para la defensa de su costa y de su puerto, pero sobre todo para defender los Reales Astilleros de Guarnizo establecidos en 1581. Su nombre aparece por primera vez en el año 1702 en un proyecto llevado a cabo por el entonces corregidor Andrés de Mieses. Tal proyecto, destinado a mejorar la defensa de Santander por el Norte era toda una serie de trincheras y reductos desde el Cabo Menor hasta la Magdalena y cuyo propósito era evidentemente la de defender la ciudad de un posible asalto anfibio en las playas del Sardinero. Esta serie de reductos, entre los que se encontraba uno en Cabo Menor denominado de San Matías, no eran más que simples parapetos de tierra reforzados con estacas de madera. Curiosamente el Consejo de Guerra ordenó el cese de las obras, aun habiéndose comenzado, pues no había sido previamente informado del proyecto. Por tanto Santander se encontró con una serie de estructuras endebles y que ni tan siquiera contaba con los edificios mínimos para un buen desempeño bélico, como almacenes o cubiertos para la artillería.

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Plano de la Batería de Cabo Menor tal y como era en 1726 y atribuido a Langots

Tal era el estado de estos reductos que en 1715 eran del todo inservibles, por lo que en 1719 tuvieron que volverse a levantar. Seguramente por esos años debió construirse el primer edificio de la Batería de Cabo Menor, un pequeño repuesto con tejado a un agua y dividido en dos estancias de reducidas dimensiones. La forma exacta de esta primitiva batería lo podemos saber gracias a un plano levantado en 1726, en el que aparte del edificio podemos comprobar cómo la fortificación estaba dotada de un parapeto terrero dotado con cañoneras. Un año antes el Brigadier e ingeniero director Louis Viller Langots fue comisionado para llevar a cabo la tarea de poner a punto las defensas costeras de las Cuatro Villas – San Vicente de la Barquera, Santander, Laredo y Castro Urdiales – y seguramente fuera el autor de la traza del plano, en la que se vislumbran también las trazas de un proyecto  que se levantaría en Cabo Menor y que sustituiría a la sencilla estructura que allí se encontraba. De este proyecto de los que existieron dos versiones que se diferenciaban en la posición y forma de los edificios interiores y de los cuales también se realizaron planos adicionales y detallados. Estos diseños atribuidos también a Langots fueron realizados conjuntamente con el ingeniero en jefe Coronel Isidro Verboom y que había sido destinado a Santander un año después de Langots. Evidentemente ninguno de los proyectos llegaron a ver la luz aunque sí debieron realizarse algunas obras menores como la reparación y reforzamientos de los parapetos mediante fajinas -haces de ramas delgadas y apretadas

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Plano de los dos proyectos alternativos de 1726 para Cabo Mayor y atribuidos a Langots. Podemos ver la forma de herradura de caballo rodeado de foso con el frente marítimo con cañoneras y un frente de tierra abaluartado para proteger la gola de la batería de un posible golpe de mano. En su interior estarían situados los edificios correspondientes al Cuerpo de Guardia y el almacén de pertrechos y cureñaje. La batería estaría preparada para acoger 12 piezas de artillería de a 24 y 18 libras.

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Interesante plano de 1726 remitido por Verboom donde se ve el estado y proyectos realizados de las defensas marítimas de Santander.

No fue el único proyecto ya que entre 1730 y 1740 nos encontramos un nuevo diseño llevado a cabo esta vez por el ingeniero y Coronel Leandro Bachelieu. Una vez más en el plano y bajo el dibujo del nuevo diseño nos volvemos a encontrar el aspecto en el que se debía encontrar la batería en ese año y en donde apreciamos notables diferencias. Ya que es probable que ni Langots ni  Verboom hicieron nada más que obras de reparación, seguramente estas pequeñas mejoras se terminarían en 1739 y con motivo de la Guerra del Asiento -o de la oreja de Jenkins-  con  Inglaterra. Aunque la estructura general de la fortificación permanecía igual en lineas generales, el parapeto fue reforzado con tierra y prolongado hacia el este y donde se abrieron cinco cañoneras más en un nuevo emplazamiento que defendieran directamente la ensenada del Sardinero por la Playa de los Molinucos, destacando la colocación de plataformas de madera para los cañones. No obstante, estas mejoras y el segundo emplazamiento ya aparecen reflejadas en un plano de 1726 remitido por Langots, aunque nos inclinamos a pensar que fueron obras que se pospusieron y alargaron en el tiempo hasta construirse finalmente en 1739.  Fueron estos unos años de gran actividad fortificadora en la ciudad de Santander, sin duda por el impulso que se dio a los astilleros de Guarnizo – Real Fábrica de Bajeles de Guarnizo – en los que se había vuelto a ver una frenética vuelta a la actividad en detrimento de los astilleros de Santoña.

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Plano levantado en la década de los 40 del siglo XVIII. En este caso el proyecto sigue la mismas pautas que los anteriores pero de mayor tamaño. El reducto final se trataría de un potente fuerte capacitado para 12 cañones de a 24 y 2 de a 8 y dotado de cuarteles para la tropa, almacenes de pólvora cureñaje pertrechos y víveres e incluso un aljibe.
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Dibujo, quizás algo idealizado, de cómo debía ser la batería a mediados del siglo XVIII

Durante la segunda mitad del siglo XVIII no sólo no se realizó mejora alguna, sino que siguió descuidándose la posición. Curiosamente la batería seguía estando presente en todos lo informes que sobre las defensas santanderinas trataban, aconsejando siempre ponerla a punto. En el año 1762 el estado de la batería debía ser lamentable ya que no contaba ni tan siquiera con plataformas para los cañones, y sus edificios se encontraban sin cubiertas. Tal era su estado que el Capitán de Ingenieros Tomás de Rojas, después de inspeccionar el estado de las defensas de la ciudad, estimaba oportuno desechar la posición, además de encontrarse en su opinión ineficazmente localizada. Sin embargo, un tal Miguel Marín, miembro de la Junta de Fortificación, argumentando que si bien muchas de las baterías del Sardinero habrían de desecharse, la Batería de Cabo Menor debía seguir en activo, motivo por lo que por fin se llevaron a cabo obras de reparación, eso sí, más que lo justo y necesario.

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Plano de la Batería de Cabo Menor en 1763 por Joaquín del Pino

Sin embargo, en 1763 fue Joaquín del  Pino, tras sustituir a Rojas, el que llevó a cabo la primera gran remodelación de la batería. Conjugando algunas de las ideas que tuvo Rojas para la Batería de Cabo Menor, eliminó las cañoneras del parapeto y situó un pequeño emplazamiento auxiliar situado al sudeste de la batería principal más cercano al acantilado que sustituiría al anterior. Además se enlosó la plataforma artillera con losas de sillería y se adecentaron y ampliaron las estancias para la guarnición, pues la batería ya contaba con un repuesta para la pólvora, cuarto para el oficial y cuerpo de guardia para la tropa, que en caso de necesidad podría usarse como almacén para la artillería y el cureñaje. La posición en su conjunto estaría capacitada para albergar 10 cañones, 8 de 24 libras en la batería principal y otras dos de grueso calibre en la plataforma auxiliar.

En los años posteriores parece que no debieron realizarse obras de mayor importancia, las necesarias para mantenerla minimamente en operatividad  y únicamente podemos decir que las baterías santanderinas se reforzaron con el envío de 20 cañones de 8 libras, si bien no podemos asegurar cuántos de estos estarían destinados a Cabo Menor, ni el número de cañones y calibres que había ya instalados.

Llega el siglo XIX sin que la batería vea cambios en su fisionomía; lo que sí había cambiado era su estado, que volvía sufrir la dejadez y languidecía a su suerte esperando reparaciones que nunca llegaban. Tal era su estado que en pocos años los edifcios habían sufrido tal deterioro que necesitaban  ser reconstruidos. El Oficial de Ingenieros, Sargento Mayor del Arma Juan Giraldo, encargado de las defensas del cantábrico de ese momento, urgió la necesidad de centrar la atención a las baterías de Cabo Menor y San Pedro del Mar. Parece ser que el mismísimo Godoy mandó una partida monetaria para el reparo de las baterías, aunque no sabemos si llegó a realizarse alguna mejora. Lo que sí debió realizarse fue una ampliación o adecentamiento del edificio existente durante la ocupación francesa posterior.

Tras la Guerra de la Independencia Cabo Menor no fue ajena a la inestabilidad general del país, aunque en 1819 debía de estar plenamente operativa. El ingeniero José Parreño y Pastor levantó nuevos planos de la batería y llevó a cabo obras de cierta consideración. La superficie de la fortificación había aumentado y las dependencias habían sido bastante adecentadas; se dotó a la batería de un pequeño foso defensivo y los parapetos de la barbeta se levantaron un metro y medio de altura. En algún momento también debió construirse un segundo emplazamiento auxiliar al norte, en este caso para defender la ensenada de Mataleñas.

Poco duró esta situación, pues en 1825 sus explanadas y parapetos estaban deteriorados y la batería se encontraba completamente desartillada.

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Restos del tambor aspillerado

Fue en 1834 y con motivo de la I Guerra Carlista  la razón por la que se volviesen a realizar obras en la batería para ponerla a punto. Fue la obra más radical llevada a cabo en la batería y que supuso la incorporación de un tambor aspillerado para proteger la entrada de la batería y hostigar con fuegos de fusil cualquier desembarco que pudiera realizarse en la playa. Asimismo se abrieron aspilleras para fusilería en las dependencias y se levantó la altura de sus muros, así como se repararon explanadas, parapetos e incluso el foso.

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Detalle del plano de 1847 de Santander y levantado sobre uno anterior de 1837 porr José Mathé
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Detallo del plano de 1870 de Santander levantado por José Peñaredonda. Suponemos que la batería ya se habría abandonado pues aunque aparece dibujado no se nombra su posición

Nada más se hizo en Cabo Menor, por tanto los restos que se conservan corresponden a estas últimas obras, si bien hubo dos últimos proyectos, concretamente en 1869 y en 1904, para sustituir la batería que evidentemente no se llevó a cabo en ninguno de sus términos. El de 1869 se trataría de un gran fuerte acasamatado suponemos similar a todos los de este tipo proyectados en la época y de los que sólo se llegaron a construir los de San Carlos y San Martín de Santoña; el de 1904, por su parte, fue un proyecto del Coronel de Ingeniero Francisco Roldán que proponía la construcción de una batería capaz para un total de seis piezas, cuatro cañones de 21 cm y dos cañones de acero de tiro rápido del tipo Nordfelt de 57 mm. Como curiosidad apuntaremos que si bien Palacio Ramos describe las piezas mayores como cañones de acero de tiro rápido, las únicas piezas de acero en servicio y de ese calibre eran cañones Krupp muy escasas y raras en las fortificaciones de costa españolas, por lo que lo más seguro es que realmente se pensaran en cañones de hierro entubados y sunchados Ordoñez Mod. 1891 de 21 cm. o que exista un error en el calibre y se trate efectivamente de piezas de acero de tiro rápido, pero de 15 cm. modelo Munaiz Arguelles L/45, que fueron bastante comunes en la defensa de costa española y reglamentarios justamente desde un año antes al proyecto.

bandicam 2016-07-03 17-03-16-306Una ortofoto aérea de la batería nos permite identificar su planta perfectamente, por lo que pese a su escasos restos, aún conservamos las líneas maestras de cómo fue esta batería en su última etapa y que realmente no fue más que una evolución de su estructura original a la que simplemente se le fueron agregando diversos añadidos, pero que no cambiaron apenas las líneas que ya presentaba en el momento de su construcción.

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  1. Explanada para la artillería
  2. Parapeto a barbeta
  3. Cuerpo de Guardia para la tropa. Seguramente construido en 1763 en la reforma de Joaquín del Pino y que originalmente también se usaría como almacén
  4. Cuarto para el Comandante. La evolución de éste junto al extremo del Cuerpo de Guardía partían del primer y primitivo edificio de la batería de la primera mitad del s.XVIII
  5. Almacén de cureñaje y pertrechos. Añadido en las dos primeras décadas del s.XIX
  6. Repuesto de pólvora. Añadido en las dos primeras décadas del s.XIX
  7. Tambor aspillerado. Añadido en 1834
  8. Entrada a la batería
  9. Batería auxiliar con parapeto a barbeta. Realizado en 1763 sobre un anterior construido entre 1726 y 1739.
  10. Batería auxiliar, suponemos que con parapeto a barbeta. Construida en la década de los 20 del s.XIX
  11. Parapeto para proteger el camino de la batería principal a la auxiliar
  12. Pequeño foso

En cuanto al artillado es difícil establecer una cronología ya que no parece haber muchos datos al respecto.

  • 1719-1726  Estaba preparada para albergar 6 piezas de artillería
  • 1726 Estaba preparada para albergar 13 cañones de 24 libras, aunque desconocemos si eran los montados o simplemente los que podía tener.
  • 1763 Estaba capacitada para albergar 8 cañones de 24 libras y 2 de grueso calibre
  • 1723-1724 El conjunto de las baterías santanderinas estaban artilladas con 35 piezas entre las que se encontraba la de Cabo Menor
  • 1725 Estaba preparada para albergar 6 piezas de artillería aunque se encontraba desartillada.

Y llegamos al final de esta entrada lanzando un modesto alegato a favor de la conservación de esta batería, que es tan parte de nuestra historia como de la de Santander. Sin tener el porte de la Catedral, ni el simbolismo de la Grúa de Piedra, ni el glamour del Palacio de la Magdalena, bien merecen sus piedras seguir resistiendo al tiempo.

Bibliografía:

Palacio Ramos, R. (2007). El Corregimiento de las Cuatro Villas de la Costa del Mar, paradigma del complicado proceso de racionalización de las fortificaciones costeras a lo largo del siglo XVII. Revista de Historia Militar, (102), p.67-97

Palacio Ramos, R. (2010-2012).  La Batería de Cabo Menor en Santander: Historia y potencial arqueológico.Sutuola, (XVI-XVII), p.333-342

Las imágenes y dibujos son de autoría propia, salvo:

Planos:  http://bibliotecavirtualdefensa.es

Imágenes aéreas:  http://mapas.cantabria.es  y  Google Earth

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Un castillo en San Miguel de Aras

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Ésta será una entrada especial. De manera excepcional vamos a dedicar una entrada a una fortificación que no se encuentra en la costa. Los lectores se preguntarán el porqué o si quizás me haya decidido por incluir otro tipo de fortificaciones en el blog. Nada más lejos, la redacción de esta entrada se debe a un motivo claro y es que San Miguel de Aras es el pueblo de la mayor parte de mi familia. Hace unos días una enfermedad se llevó la vida de un familiar cercano que pasó muchos días de su infancia subiendo al Monte Castigo, cima que aún alberga restos de una antiquísima fortaleza. Esta es mi manera de rendirle homenaje, puesto que a las ruinas del Castillo del Castigo se le unen ahora el recuerdo de mi tío.

San Miguel es una pequeña población enclavada en el bello Valle de Aras y que junto a otras localidades conforman la Junta de Voto. El valle de origen kárstico se halla poblado de numerosas cuevas, algunas con pinturas rupestres, pequeñas iglesias, palacios señoriales y casonas de indianos. La montañas encierran al valle a modo de circo abierto únicamente al norte donde se abre a la bahía de Santoña, por lo que históricamente La Junta de Voto estará ligada de manera casi indisoluble con las importantes poblaciones costeras de Santoña y Laredo, de sobra conocidas en este blog por sus fortificaciones costeras.  Si recuerdan, los certeros disparos de la Torre de Treto disuadieron a las huestes de Henri d’Escoubleau de Sourdis -Arzobispo de Burdeos- saquear la Junta de Voto tras hacerlo en Laredo y Santoña.

Pero la fortificación que nos ocupa es mucho más antigua a estos hechos y con una función muy distinta. De hecho es bastante probable que cuando se produjo el ataque del Arzobispo el castillo de San Miguel de Aras se encontrara ya sin uso y en ruinas.

1531850_1147064931972836_6302772149399692180_nEste castillo, del que aún quedan unas escasas ruinas, se levantó en la cima del icónico Monte Castigo, una montaña cónica que a modo de inselberg se levanta en San Miguel de Aras y desde cuya cima se observa todo el valle e incluso las poblaciones de Colindres, Laredo y la peña del Buciero en Santoña. Tipológicamente estamos hablando de un genuino castillo roquero altomedieval de los que abundaron por toda Cantabria.

La primera persona que lo dio a conocer tras siglos de olvido fue el Padre Carballo -principal impulsor para la creación del MUPAC e inaugurado en 1926 -, aunque de manera errónea lo identifico como un castro preromano con elementos posteriores de un asentamiento romano. Fermín de Soja y Lomba, militar e historiador y primer presidente del Centro de Estudios Montañeses, quizás movido por las indicaciones del Padre Carballo, lo identificó como una turris defensiva romana. Fue el arqueólogo Ramón Bohigas el que confirmó definitivamente que las ruinas que se encontraban en lo alto del Castigo eran las de un antiguo castillo altomedieval y cuya construcción habría que situarlo entre los siglos VIII y XI, quizás ampliable hasta el siglo XII.

Desgraciadamente todos los estudios realizados sobre este castillo, y que podríamos ampliar a la mayoría de las fortificaciones altomedievales de Cantabria, han sido hechos de manera somera, con prospecciones superficiales y sobre todo realizadas hace demasiado tiempo y con un rigor más que dudoso propio de la época en las que fueron realizadas,  por lo que resulta muy difícil establecer una cronología absoluta. Tampoco el compararlo con otros castillos de similares características nos puede servir de ayuda, ya que por ejemplo los más cercanos como el Castillo de Montehano es muy posterior – perfectamente datado en el siglo XIII- o los vestigios del Castillo de Maza Redonda en San Pantaleón de Aras apenas han sido estudiados estableciéndose una cronología altomedieval similar a la del Castigo, pero sin más datos.

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Cima del monte y lugar donde se ubicaba el castillo

La configuración arquitectónica de este castillo sigue la misma pauta que otras fortificaciones levantadas sobre montes cónicos, como las de Peña Castillo en Cudeyo o el Castillo del Pico Visperes. El baluarte se levantaba sobre una plataforma allanada

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Piedra con marcas

artificialmente sobre lo alto de la elevación. No solían presentarse plantas muy complicadas ni de gran extensión, ajustándose su traza generalmente al perímetro de la cima. Al tratarse generalmente de montes de piedra caliza no era raro que la propia roca del monte  ayudara a componer de manera natural cimientos y partes de estas fortificaciones primitivas.

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Dibujo de cómo podría ser de la planta del castillo
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Restos de la torre en la parte más alta

¿Pero cómo era concretamente la forma que tenía este castillo de San Miguel? Aunque quien suba hoy a la cima del monte pueda costarle entender que allí hubo un castillo, aún quedan auténticos restos que nos han ayudado a entender un poco cómo era la morfología de este castillo roquero. Presentaba una torre cuadrangular sobre la parte más elevada de la explanada levantada en la cima. Frente al muro noreste de la torre debía abrirse un patio de armas y rodeado por una sencilla cerca de traza alargada e irregular. Por su parte, frente al muro suroeste debió de construirse un apéndice, aunque hoy difícilmente identificable. Todo el

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Patio de armas

conjunto estaba construido en mampostería unida con argamasa de motero de cal  y ocupaba una extensión total de aproximadamente 125 metros cuadrados. Hoy en día, sin un estudio

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Restos de la cerca en el lado nororiental

arqueológico riguroso, resulta complicado establecer con exactitud la planta que presentaba. Sólo haciendo un reconocimiento por la propia cima se pueden intuir ciertas hiladas que a modo de puzzle podamos ir uniendo hasta establecer un perímetro. Ni tan siquiera las fotos aéreas nos muestran nitidamente la morfología del castillo, sólo apreciamos claramente la explanada donde se levantó la construcción, así como tímidamente la estructura de la torre y algunos lienzos de la cerca noreste.

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Ortofotode 201o de la cima del Monte Castigo

IMG-20160423-WA0017En cuanto a su función, el Castillo de San Miguel de Aras queda encuadrado en lo que se ha querido identificar como castillos camineros. Su cometido  era sencillo y consistía en ejercer de vigilancia y control sobre el importante camino que unía Laredo y Santoña con la Meseta. Cabe destacar que este tipo de castillos, si bien construidos en montes de considerable altura, no dominaban excesivo terreno circundante. Ciertamente las vistas desde el Castigo son espectaculares, llegándose a ver el monte Buciero al noreste, sin embargo con un simple vistazo alrededor vemos cómo las montañas de mayor altura que rodean al monte cónico ocultan a su vista lo que pudiera pasar más allá del Valle de Aras. Se trataba, pues, de puestos de vigilancia con una capacidad militar limitada, que sin embargo no excluye de una pensada capacidad estratégica y desde luego una trabajada labor de construcción con materiales fuertes y duraderos; también es deIMG-20160423-WA0029 destacar la lejanía de este emplazamiento respecto a la población más cercana en el momento de su construcción. Actualmente no existen evidencias arqueológicas que indiquen un poblamiento altomedieval en San Miguel de Aras, pues a día de hoy de dicho periodo únicamente se ha encontrado una estela discoidal -la conocida Estela de Aras- totalmente descontextualizada y de cronología desconocida. Esto nos indica que el castillo no pudo servir de residencia señorial, reforzamiento que desprende la poca habitabilidad intrínseca de este castillo. No obstante esto no excluye que a su función de atalaya vigilante se le añada el papel de organizador de territorio.

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En el lado izquierdo de la imagen vemos la acumulación de piedras procedentes del derrumbe de partes del castillo

Y con esto terminamos esta modesta aproximación al castillo de San Miguel de Aras. Poco más podemos contar sobre este enclave que sin embargo oculta aun muchos secretos. El hecho de no haberse estudiado a fondo y no haberse practicado prospecciones científicas y en profundidad reservan a este enclave posibles sorpresas que un futuro aguardan quien se atreva a visitar sus piedras y lo pongan en relación directa con la historia de Cantabria. Mientras tanto, las leyendas en torno a este monte mágico seguirán ahí; los fabulosos tesoros que se guardan en sus entrañas, los emboscados que aún se ocultan en sus cuevas, y el recuerdo de soldados que, soportando las inclemencias del tiempo, vigilaban desde las almenas.

Agradecimiento especial a mi tío Sergio Araujo, autor de la mayor parte de las fotografías y tan necesarias para ilustrar este post.

Bibliografia:

QUIRÓS CASTILLO, J.A., TEJADO SEBASTIÁN, J.M., Los castillos altomedievales en el noroeste de la Península Ibérica, Documentos de aruqeología Medieval 4. Servicio Editorial de la Universidad del Páis Vasco. 2012

En la web:

http://juntadevoto.com/arqueovoto.htm

http://www.castillosasociacion.es/es/content/san-miguel-de-aras-castillo-de

El Fuerte del Rastrillar (V) La Guerra Civil

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Pues llegamos al final de una serie de entradas dedicadas al Fuerte del Rastrillar de Laredo. Cuando empecé a plantearme cómo organizar las entradas que inevitablemente iba a necesitar para la descripción de este fuerte, no llegué a imaginarme que iban a ser hasta cinco los capítulos necesarios para tal fin. Pero mejor no dejar cosas en el tintero y contar lo más posible que quedarnos escuetos, así que disculpen si al final ha resultado ser más tedioso de lo que pretendía. Si por el contrario les ha resultado fascinante o curioso me daré por más que satisfecho.

Para este último capítulo he querido reservar un curioso epílogo que la historia tenía reservada para esta posición que desde tiempos antiguos llevaba defendiendo la bahía.

Oficialmente el Rastrillar quedó desartillado en los primeros años del siglo XX cuando sus baterías habían quedado irremediablemente obsoletas y superadas por la artillería moderna. Como Santoña ya hacía tiempo que había dejado de ser Plaza Fuerte de consideración era lógico que todas las fortificaciones de la bahía fueran abandonándose poco a poco; realmente el hecho de que tardaran tanto tiempo en hacerlo parece ser más debido a motivos históricos y simbólicos que a una auténtica necesidad.

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Ortofoto del vuelo fotogramétrico de 1953. La flecha amarilla señala el emplazamiento de 1937

Sin embargo en el año 1936 una cruenta guerra que no necesita presentación para los españoles, consiguió que en el Rastrillar se oliera a pólvora por última vez, alargando si cabe un poco más su historia bélica. Efectivamente el fuerte laredano volvería a acoger cañones para la defensa de las costas, en esta ocasión sirviendo al Gobierno de la República.

Aunque no es descartable que las antiguas baterías decimonónicas se usaran, lo más destacable de este periodo fue la construcción en la primavera de 1937 de un emplazamiento para cañón en la parte más alta del monte e inmediato al polvorín de Arriba. El conjunto lo conformaban un emplazamiento descubierto para cañón, un refugio y un polvorín.

 

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Aspecto actual que presenta la barbeta del emplazamiento

 

El emplazamiento, que por suerte ha llegado a nuestros días, se trata de una sencilla barbeta semicircular formada por sillares. Algunos autores han sugerido con bastante lógica que estos sillares hubieran sido reutilizados de las antiguas fortificaciones. Las obras fueron llevadas a cabo por la  III Sección de la Compañía de Costas Nº 13 con sede en la propia Laredo y que se encargaría de las obras llevadas a cabo entre la zona comprendida entre el Cabo de Ajo y la localidad de Oriñón.

 

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Ortofoto de 2014 donde se aprecian el asentamiento para cañón de 1937 con el polvorín de “Arriba” del siglo XIX

Actualmente resulta difícil localizar tanto el refugio como el polvorín debido a la numerosa vegetación existente y porque es bastante probable que los accesos hubieran sido cegados por seguridad. No hay que descartar, eso sí, que el antiguo polvorín fuera reaprovechado para su fin original, sin embargo si comparamos con otras fortificaciones coetáneas, como por ejemplo los emplazamientos de Cabo Mayor o el de Pinares entre otros, los polvorines estaban construidos en el subsuelo, aunque a diferencia del caso laredano hay que decir que no había un antiguo polvorín para poder volver a ser usado, todo sea dicho. Finalmente sí que hay que destacar que al norte del emplazamiento existe una oquedad rodeada hoy en día por unas vallas, quizás pudiera tratarse de la entrada al refugio o al polvorín, pero es una teoría muy pobre ya que resulta inconcebible que esta entrada estuviera situada a vanguardia del emplazamiento artillero y no a retaguardia.

 

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Vista del polvorín desde la barbeta republicana con la apertura abierta en el muro norte

No obstante debemos señalar un detalle curioso que nos encontramos en el polvorín y es el vano que se abre al norte del mismo. Resulta extraño que en un polvorín aparezca una abertura, aparte de la entrada situada en el muro sur, ya que estos estaban desprovistos de ventanas. Si añadimos los extraños pegotes de ladrillo podemos teorizar sobre que este vano se abrió muy posteriormente a la construcción del polvorín, por lo que podría resultar producto de las obras llevadas a cabo en 1937 abriéndose una entrada directamente a la posición artillada que se encuentra unos metros más al norte.

La posición se artilló en un origen con un solitario y arcaico cañón Mondragón de 80 mm., que fue sustituido por un no menos antidiluviano cañón Krupp de 87 mm Mod. 1877/95  de origen ruso. Finalmente, en julio, con casi toda probabilidad la posición estuviera artillada con un cañón Krupp de 77 mm C.96 nA (77/24). Aunque esté dato no este confirmado, los documentos oficiales hablan de la presencia de dos de estos cañones en julio de 1937 sin especificar su emplazamiento. Sin embargo, lo lógica obliga a pensar que al menos una de estas piezas estuviera ocupando la barbeta del Rastrillar desconociendo, eso sí, la situación del otro Krupp de 77. Los autores del artículo Defensas costeras de la Guerra Civil Española en Cantabria –ver bibliografía- hacen mención de la confusión en la documentación oficial de los trabajos de fortificación en Laredo, pues en los trabajos de mayo se mencionan obras bajo del epígrafe Playa de la Salvé de un emplazamiento para cañón, carretera de acceso, refugio y depósito de municiones. En dicho artículo los autores llegan a teorizar sobre la posibilidad de la construcción de un segundo emplazamiento artillado en la misma playa y que pudiera haber albergado al segundo Krupp de 77, sin embargo también apuntan que este emplazamiento sea el mismo del Rastrillar. Seguramente sea así y que el hecho de que aparezca el epígrafe de Playa de la Salvé se refiera simplemente a la de la playa a defender y englobando a todas las obras de Laredo, agrupando tanto a los nidos de ametralladoras que sí sabemos que se construyeron por toda la playa, como a las obras del Rastrillar.

En conclusión, lo más seguro es que como hemos apuntado, un cañón Krupp de 77 ocupara el emplazamiento construido, y el otro ocupara de manera circunstancial una de las antiguas baterías del XIX.

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Perfil de cañón Krupp de 77 mm C.96 nA también conocido como Krupp Mod 77/24

Indistintamente ninguna de las piezas montadas en Laredo podían suponer una amenaza seria. Para empezar no se trataban de piezas de costa, sino de artillería de campaña emplazadas en la costa. Todos los cañones a su vez estaban obsoletos, con diseños del siglo XIX. Para hacernos una idea, la pieza más “moderna” -el Krupp de 77- tenía un alcance máximo de 7800 metros y un alcance realmente efectivo de sólo 5000 metros. La principal embarcación del bando sublevado en el Norte era el crucero Cervera, cuyos cañones principales -Vickers de 152 mm-, tenían un alcance de 21000 metros. Por tanto, pese al empeño y bravura de sus artilleros, su amenaza resultó meramente testimonial.

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Tres vistas del emplazamiento para cañón con un Krupp de 77mm C.96 nA

Otra obra de consideración que también se llevó a cabo en el Rastrillar fue la construcción en los meses de primavera-verano de 1937 de un nido de ametralladoras en las faldas del monte, aunque no disponemos de más datos que nos señale su posición exacta. Aunque este nido, del que carecemos más datos, me hubiera gustado incluirlo en una propia entrada futura con el resto de los nidos construidos en Laredo, la posibilidad de que pudiera estar construido en el entorno del Rastrillar hace obligada su mención aquí.

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Ortofoto del Vuelo Interministerial de 1973-86. Rodeado en amarillo la inconclusa batería de 1860 y señalado con una flecha la extraña estructura cuadrangular.

Efectivamente su localización nos es desconocida, pero si recordamos en el capítulo anterior vimos cómo en la batería Nueva aparecía una estructura cuadrangular que no debía ser parte de ella. Pudiera tratarse quizás de este nido construido en el 37 y situado en las faldas del monte y a una altura óptima para su cometido y con sus fuegos perfectamente enfilados a la entrada de la bahía. Como esta zona no ha sufrido alteraciones agresivas, quizás únicamente movimientos de tierra, forzosamente tiene que conservarse esta estructura junto a los restos de la batería inconclusa del proyecto de 1860. Ojalá una rehabilitación futura de la zona permita que podamos conocer lo que se esconde bajo la vegetación.

 

Y con esta última entrada damos por finalizado un extenso recorrido a través de cuatro siglos sobre las fortificaciones que se levantaron en el popular monte de la Atalaya de Laredo. Seguramente hallamos cometido algunos errores pero no debemos olvidar que aún nos queda mucho por aprender y mucho por descubrir. Son muchos los secretos que todavía se ocultan en el Rastrillar, pero hasta ahora nuestro deber es disfrutar lo que nos ofrece, respetarlo, difundirlo y cuidarlo.

Bibliografía:

BLANCO GÓMEZ, David, GÓMEZ-BEDIA FERNÁNDEZ, Borja, GUTIÉRREZ CUENCA, Enrique y HIERRO GÁRATE, José Ángel. Fortificaciones de la Guerra Civil enla zona oriental de Cantabria: defensas costeras y líneas de con-tención de los ríos Agüera y Asón. Castillos de España. 2013, nº 171-172, p. 133-144
GÓMEZ-BEDIA FERNÁNDEZ, Borja, GUTIÉRREZ CUENCA, Enrique y HIERRO GÁRATE, José Ángel. Defensas costeras de la Guerra Civil Española en Cantabria. Los emplazamientos para cañón. Sautuola. 2013, nº XVIII, p. 307-316
MANRIQUE GARCÍA, Jose María y MOLINA FRANCO, Lucas. Artillería y carros de combate en la Guerra Civil Española. Tikal Ed. Madrid

PALACIO RAMOS, Rafael. El conjunto fortificado del Rastrillar: Pasado, presente y futuro. En: Actas de las XI Jornadas de Acanto (Laredo, 2 y 3 de octubre de 2011): Patrimonio Cultural de Catabria. Laredo: Federación Acanto, 2011, p. 53-59

PALACIO RAMOS, Rafael. Un Presidio Ynconquistable. Ed. Ayuntamiento de Santoña, Comisión de Cultura, 2004
Recomendaciones web:
Créditos fotográficos:
Para fotos aéreas:
Planos históricos:
Para el resto de fotografía son de autoría propia salvo:
Para los dibujos y diagramas todos son de autoría propia.

El Fuerte del Rastrillar (IV) El frente marítimo

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Seguimos con el cuarto capítulo del Rastrillar para centrarnos en las baterías costeras. Hablaremos tanto de las baterías de San Carlos y Santo Tomás – las que aún se conservan – como de la desaparecida batería de San Román y la inconclusa batería Nueva y proyectada en el proyecto de 1860. Esta batería Nueva al no terminarse no debió tener nombre alguno, por lo que el que haya decidido nombrarla así es meramente para poder diferenciarla de las demás evitando malentendidos.

Hagamos una pequeña introducción recordando las primeras estructuras que se erigieron en el monte. Rememorando el primer capítulo, vimos cómo la primera estructura levantada en el monte laredano fue el denominado Reducto de la Rochela en 1582. Parece ser que se debió levantar en el extremo de la punta homónima, por lo que se situaría justamente en donde hoy se encuentra la batería de San Carlos. Es lógico imaginar que con las sucesivas obras que se realizaron en la batería no quede rastro alguno del primitivo enclave, a lo que debemos añadir la pobreza de los materiales utilizados, más pensados para que se tratara de una obra provisional que permanente.

La siguiente estructura levantada fue la del castillo de San Nicolás ya entrado el siglo XVII. Este nuevo castillo -realmente otro reducto provisional- debió situarse mucho más próximo a la Villa de Laredo y pensado para defender más su puerto que la propia bahía. Para que los lectores puedan situarse, se encontraría en el lugar que hoy ocupa el mirador de la Caracola. Pero si alguien ha visitado el monte en alguna ocasión que no se piense que el enlosado es parte de los restos de este antiguo castillo. Las modernas losas de piedra son simplemente producto de obras de embellecimiento del lugar. Lo más seguro es que al tratarse de obras provisionales y por las continuas reformas de la zona a lo largo de la historia no quede ningún resto. A decir verdad tampoco podemos asegurar que estuviera situado en esta zona o más al noreste.

Pasemos a continuación a contar un poco sobre las cuatro baterías que nos atañen y que son las protagonistas de nuestro capítulo.

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Ortofoto de 2014 con la posición de las cuatro baterías
  1. Batería de San Carlos/San Miguel/San Gil
  2. Batería de Santo Tomás de Villanueva
  3. Batería de San Román
  4. Batería Nueva

 

Batería de San Carlos (También conocida como de San Gil o San Miguel)

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La historia de esta batería parece nacer con la primera construcción del monte. A mi juicio es la evolución natural del primitivo reducto de la Rochela. Sin embargo, autores como Palacio Ramos en su excelente libro sobre las fortificaciones en la Bahía de Santoña Un Presidio Ynconquistable, fecha su nacimiento en 1702 y lo identifica como Castillo Nuevo de la Rochela, diferenciándolo de un reducto anterior y situado más cerca de la villa y muelle.

Aunque no me considero ni mucho menos tan experto, creo que este reducto al que hace mención es el del antiguo Castillo de San Nicolás que quedó destruido tras el ataque francés de 1639. Por otra parte sabemos que nada más entrar el siglo XVIII se enlosó el castillo-reducto de la Rochela, y que después de estas fechas no parece haber más menciones a la misma. Por tanto y en definitiva me lleva a pensar que este nuevo Castillo de la Rochela no fue más que una obra nueva sobre el antiguo reducto que mejorara su efectividad.

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Detalle del plano de Luis de Langot de 1726 en su proyecto de unir las baterías laredanas mediante una muralla con cañoneras (en amarillo)

En 1726 ya se denominaba San Gil o San Miguel y se trataba de una obra de mucha mayor entidad que las obras anteriores al constituirse de una barbeta corrida rectangular, tinglado en la gola y un pequeño edificio a retaguardia. Aunque debía tener una capacidad notable de fuego artillero – unos 20 cañones – rara vez debía de estar en plena operatividad tal que, por ejemplo, en 1739 sólo montaba 6 cañones. En 1762 eran sólo 3 cañones de a 24 los que la defendían y ya había cambiado su nombre por la de Batería de San Carlos – en honor de Carlos III se presupone-

 

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Plano de Joaquín del Pino, 1763

En 1763 mantenía la misma disposición que en 1726, aunque su plataforma estaba enlosada y sus edificios se habían arreglado y mejorado, sustituyéndose el tinglado por un edificio para la guardia y otro para las cureñas y pertrechos. El pequeño edificio a retaguardia era usado como repuesto para la pólvora.

 

Las siguientes noticias que tenemos sobre la batería nos llevan al siglo XIX al realizarse varias obras de reparación en 1805. Posteriormente ya hemos visto cómo el monte fue ocupado por los franceses que reaprovecharon las baterías costeras en el nuevo complejo del Rastrillar. La batería de San Carlos entonces era un simple parapeto capaz para 6 piezas con un pequeño edificio a retaguardia.

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Plano y perfil de la batería con su forma actual y realizada en los años 60 del siglo XIX
  1. Entrada a la batería
  2. Explanada para la artillería
  3. Parapeto alto a barbeta
  4. Raíles para los marcos de artillería
  5. Escalera
  6. Plataforma y acceso al camino de la batería Nueva
  7. Polvorín

Fue el proyecto isabelino de 1860 el que daría a la Batería de San Carlos el aspecto actual. Aunque tenemos más que visto cómo muchas 104_3719de las obras planeadas en este proyecto no se realizaron, las baterías marítimas existentes sí que se reconstruyeron por completo. En el caso de San Carlos se realizó una batería a barbeta en línea recta que se curvaba en su extremo noreste y pensada para el uso de marcos altos de costa. Estaba construida con mampostería y rematada con ladrillos en sardinel. La batería a su vez estaba dividida en dos partes diferenciadas y separadas por una escalera que descendía a un pozo o fuente natural de agua. La zona situada a la derecha de la escalera sería en donde se situaría un total de 8 cañones con sus correspondientes marcos de costa. Aunque toda la

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Ortofoto de 2002

batería debía de estar enlosada, una ortofoto de 2002 nos descubre cómo este se había perdido en su mayoría, aunque se conservaban los raíles de al menos dos asentamientos artilleros y los restos de otros dos. 100_0077Las reformas posteriores han parecido respetar la disposición de estos raíles restituyendo el enlosado perdido por uno nuevo en el que se incluyen los carriles originales y las mesas de sillería.

 La zona situada a la izquierda de la escalera no parece tener indicios de que se montaran cañones al tener dimensiones reducidas y al tratarse de una zona de paso y camino de acceso hacia la batería Nueva inconclusa.

100_0088Finalmente, el conjunto se completaría con un pequeño polvorín situado a retaguardia y completamente mimetizado con el entorno. El pequeño edificio cuadrangular está constituido de gruesos muros y cubierto por una bóveda de hormigón de un metro de espesor. Estaba rodeado por un 104_3722pasillo perimetral y protegido  en dos de sus lados por un muro terraplenado y  los otros dos por el propio monte.

Siguió entrando esta batería en los planes de mejora del complejo del Rastrillar como el de  1882 ideado por Manuel Vallespín. Entre otras se pensó en la construcción de traveses huecos en los terraplenes para albergar locales a prueba, para así poder soportar un bombardeo en toda regla por parte de un hipotético atacante. Resta decir que ninguna obra se hizo más y durante todo el resto de su existencia hasta 1905 sólo estaría artillado por dos cañones de hierro rayados de 16 cm. montados en marcos Mod. 1857, irremediablemente superados y obsoletos. Para entender como era y estaba montada la artillería en la Batería de San Carlos recomiendo hechar un vistazo a esta entrada que redacté anteriormente.

Batería de Santo Tomás de Villanueva

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En la entrada a la batería podemos encontrarnos con este cartel que de manera erronea la identifica cómo batería napoleónica. Como vamos a ver, aunque fue usada por los franceses, ni fué construída por estos, ni su aspecto actual es resultado de obras napoleónicas.

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Detalle del plano de 1726 por Luís de Langot

Situada muy cercana a la anterior batería debió construirse en las primeras décadas del siglo XVIII, puesto que ya aparece en un plano de 1726 como parte de un proyecto de Isidoro de Verboom para mejorar el sistema defensivo del monte Rastrillar, limitado aún a las dos baterías de Santo Tomás y San Gil/San Miguel.

 En su origen era al igual que su compañera, una sencilla batería a barbeta con parapeto bajo y rectangular pero sin cubierto alguno para la artillería, aunque sí un pequeño tinglado para los sirvientes. Un detalle que nos indica la dejadez de la batería es que en 1739, si bien tenía 9 cañones, estos estaban sin montar por no haber ni tan siquiera cureñas para ellos.

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Plano de Joaquín del Pino, 1763

En 1762 se realizaron algunas mejoras como la sustitución del tinglado por un pequeño edificio permanente con dos estancias separadas, una para el repuesto de pólvora y la otra como cuerpo de guardia. Asimismo, la explanada para la artillería aparece enlosada y se instalan 6 cañones de a 24, supondremos que esta vez sí con sus cureñas.

 

Durante la ocupación francesa no debieron realizarse grandes obras, nada más que las necesarias para su reparación y mantenimiento, y fue reaprovechada al igual que lo haría su vecina.

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Plano de la batería con su forma actual y realizado en los años 60 del siglo XIX
  1. Entrada a la batería
  2. Explanada para la artillería
  3. Parapeto alto a barbeta
  4. Raíles para los marcos de artillería

Las nuevas noticias que tenemos de la Batería de Santo Tomás es, como no podía ser de otra manera, del proyecto de 1860 en la que se reconstruye por completo y dándole el aspecto 104_3704que tiene actualmente. Se trata de una sencilla batería a barbeta con parapeto preparado para marcos altos de artillería. Estaba construida totalmente de mampostería excepto el remate del parapeto que era de ladrillo con aparejo a sardinel. No se construyó ningún edificio auxiliar puesto que los pertinentes se construyeron en el camino de acceso a las baterías marítimas y que ya vimos en el segundo capítulo sobre este fuerte. En 1861 se pensaba montar un total de 10 piezas entre las que se encontraban 2 obuses de hierro lisos de 21 cm – bomberos de 9 pulgadas-. En una ortofoto de 2002 se aprecian los ocho asentamientos para cañones con los restos de los carriles de los marcos, y como sucedió en el caso de la

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Ortofoto de 2002

batería de San Carlos el enlosado actual respeta la disposición de dichos carriles aunque sin poder discernir que de original queda. En el extremo derecho el diferente enlosado parecería indicar la zona donde se ubicarían los obuses, sin e104_3702mbargo los obuses lisos montaban en los mismos marcos que los cañones, por lo que no hay que descartar que se hicieran obras en previsión de montar armas más pesadas de retrocarga y que necesitaban de marcos diferentes.

 No parece que se llegara a artillar nunca más esta batería desde su reconstrucción. Palacio Ramos nos señala que tanto en 1888 y en 1905 estaban montados 2 cañones de 16 cm. en las baterías costeras que son los que dijimos antes que seguramente se situarían en la batería de San Carlos, puesto que a finales del XIX la batería de Santo Tomás se hallaba tan deteriorada por los movimientos de tierra que habría que construirse un nuevo emplazamiento. También habían, eso sí, 6 cañones de 16 cm desmontados, quizás repartidos entre las dos baterías, aunque evidentemente sin ningún tipo de uso práctico. Tampoco debemos descartar que cada una de las baterías albergaran cada una un sólo cañón montado de manera simbólica.

* Recientemente he descubierto que los dos cañones de 16 cm estaban montados en la Bateria de Santo Tomás y no en la de San Carlos. Para evitar modificar en exceso la entrada, la dejaré tal cual la escribí originalmente pero con esta puntualización. Aunque el dibujo que en su día realicé se ha quedado erroneo, tampoco hay que descartar que necesitado el momento pudieran trasladarse los cañones y sus marcos desde Santo Tomás a San Carlos sin mayores complicaciones.

Batería de San Román

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Plano de Joaquín del Pino, 1763

La historia de esta batería es mucho más efímera que la de las dos anteriores. Construida en torno al año 1741 en el extremo nordeste del monte, era bastante más pequeña que sus hermanas. Se trataba de una sencilla barbeta rectangular y enlosada con un pequeño edificio usado como repuesto de pólvora al que se le adosaba un tinglado cubierto para guarecer las cureñas o a los propios artilleros. Se artilló fuertemente, pese a su tamaño, pues contaba con 4 piezas de a 24, aunque dicha potencia de fuego era una vez más una ilusión ya que en 1765 las cureñas estaban inservibles.

 A principios del siglo XIX aún sobrevivía esta batería, sin embargo no parece que los franceses llegaran a reaprevecharla por lo que literalmente desapareció.

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Ortofoto del Vuelo de Costas de los años 1989-91

Hoy en día no parece que queden restos aparentes de esta fortificación, ni tan siquiera su ubicación exacta. La posición más adecuada según las descripciones que tenemos sería donde actualmente se encuentra el mirador de la Rosa de los Vientos, que aunque se construyera literalmente encima, al no ser una obra agresiva, los restos de sus cimientos necesariamente deberían aún encontrarse debajo. Si observamos ortofotos anteriores a la construcción de dicho mirador podrían corroborarnos esta teoría al poder vislumbrar las formas que debió tener.

 

Batería Nueva

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Esta batería que nunca llegó a terminarse, merece la pena incluirse en su propio apartado al sobrevivir hoy en día, no tanto por sus restos sino claramente por su posición, así como parte de su camino de acceso desde la batería de San Carlos.

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Ortofoto del Vuelo de Costa de los años 1989-91 donde podemos notar el perfil de esta batería en el centro-izquierda de la imagen
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Ortofoto del Vuelo Interministerial de 1973-86. Rodeada en amarillo vemos la batería, tambien se aprecia claramente el camino de acceso, así como una estructura cuadrangular en mitad de la batería

Fue la única de las nuevas baterías del proyecto de 1860 que se empezaría y que debían acompañar a las de San Carlos y Santo Tomás. Sin embargo, como ya hemos dicho, no llegó a estar nunca operativa, y poco podemos precisar cuánto de su estructura llegó a terminarse. Lo que sí parece significativo es que aún en planos de finales del XIX aparezca dibujada. Debió de ser una sencilla fortificación a barbeta y preparada para marcos altos de artillería como sus dos compañeras. Aunque no debió construirse ningún edificio auxiliar resulta interesante que en la ortofoto de los años 70 se aprecia una estructura cuadrangular, que más tenuemente sigue apreciandose en la ortofoto de 2002. Al estar situada justamente en mitad de la batería – concretamente ocupando la explanada para la artillería- nos permite descartar que fuera construída como parte de esta, ya que hubiera limitado totalmente su operatividad y funcionalidad. Quizás pudiera tratarse de alguna estructura de las que se realizaron en la Guerra Civil. Desgraciadamente, al encontrarse esta batería en una zona de difícil acceso, añadido a los más que seguros movimientos de tierra, hace más que complicado su estudio y la limpieza de vegetación que permita arrojar más luz de lo que aún pudiera conservarse.

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Detalla del plano topográfico de 1885 realizado por el Cuerpo de Estado Mayor del Ejército

Y hasta aquí el recorrido por las baterías de costa que defendieron la bahía desde el siglo XVI hasta principios del siglo XX. Pero esto no supuso el fin de actividad de este fuerte, en el próximo capítulo finalizaremos este extenso recorrido de las fortificaciones de la Atalaya con un curioso epílogo.

El fuerte del Rastrillar (V) La Guerra Civil

El fuerte del Rastrillar (III) El frente de tierra

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Volvemos a la carga tras varias semanas de ausencia. Problemas técnicos con el ordenador que se han alargado más de lo que hubiera deseado han ido posponiendo la redacción y elaboración de esta entrada. Pero como no quería seguir alargando la espera y tampoco dejar a medias la descripción del Rastrillar, he podido recopilar algunos datos para al menos poder continuar. Por desgracia lo que no he podido recuperar aún son las fotos que tenía en mi archivo del Fuerte del Rastrillar, en su mayoría propias, por lo que es posible que esta entrada resulte algo parca en imágenes, viéndome en la obligación de buscar alternativas de diversa procedencia. Como ya indiqué en la primera entrada del Rastrillar, la bibliografía y los créditos fotográficos los redactaré en la última entrada sobre este tema.

Seguimos contando cosas de este fuerte. Aunque no tenía intención de que se fuera a alargar tanto ya vamos por el tercer capítulo y según estimo aún quedan otros dos. Así pues, espero que todos los que estén leyendo sobre el Rastrillar les esté resultando tan apasionante como a mi.

En este capítulo vamos a ver las obras del frente de tierra, aunque tengo que decir que en origen no pensaba hablar mucho sobre él. Si recuerdan una de las primeras entradas hice una pequeña introducción sobre algunos términos dentro de la fortificación moderna y puse como ejemplo el frente de tierra laredano. Pero me parecería injusto dejar esta parte tan importante del Rastrillar de lado. Repetiré muchas cosas de las que ya he contado en entradas anteriores, pero que me parecen necesarias para que los lectores no se pierdan en la narración y descripción de esta parte tan importante del complejo defensivo como es el frente de tierra. Pero seguramente alguno se estará preguntando qué es eso del frente de tierra.

Sencillamente, el frente de tierra era aquel sistema defensivo que en las fortificaciones costeras protegía de los ataques por tierra. Esto puede parece contradictorio, pero imagínense por un momento que un grupo de soldados hubiera podido desembarcar en las cercanías del fuerte, o que directamente el ataque viniera de tierra adentro. Las baterías de costa con sus cañones apuntando al mar se verían indefensas ante un ataque por la espalda. Por tanto la construcción de este frente de tierra se hacía inestimable para evitar la captura de unas baterías que podrían volverse fácilmente en contra de sus antiguos ocupantes. Tampoco hay que obviar la función defensiva del frente de tierra para la propia Villa de Laredo y su puerto, ya que, no olvidemos, que en el siglo XIX la población apenas ocupaba la extensión de la Puebla Vieja y los cañones de este frente apuntaban claramente a esta dirección.

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Detalle del plano francés de 1813

Ya vimos cómo entrado el siglo XIX el sistema defensivo del monte de la Atalaya lo conformaba tres baterías desperdigadas, y que fueron los franceses quienes agruparon todo en un complejo defensivo y racional. Las primeras obras fueron sencillas. Breuille proyectó una trinchera con terraplenes y camino cubierto, pero de escasa entidad, lo que atestigua el suceso de que el fuerte fue ocupado el 20 de septiembre de 1812 por tropas españolas. Duró poco esta situación, pues en enero de 1813 Laredo volvía a estar en manos francesas. Breuille optó por mejorar el sistema defensivo del frente de tierra, resultando un medio frente atrincherado dotado de merlones y explanadas de madera, foso, camino cubierto, estacada y rastrillo en la entrada. Según el plano de 1813 el frente de tierra debió extenderse por el oeste siguiendo la línea del monte. Como fueron obras provisionales no nos han llegado aparentes restos de estas fortificaciones de campaña, a lo que hay que añadir los movimientos de terreno. Aunque si observamos ortofotos anteriores a las obras del puerto nuevo y rehabilitación del conjunto quizás puedan observarse tenues líneas de aquel frente atrincherado por lo que no es de descartar que puedan quedar restos; también es posible que la imaginación quiera jugarnos malas pasadas y queramos ver cosas donde no las hay. Desgraciadamente lo inaccesible del lugar, al encontrarse al borde de los acantilados, dificulta cualquier estudio que pudiera hacerse al respecto.

 

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Ortofoto de 2005 comparada con el plano francés de 1813. Desgraciadamente el tamaño del mismo no me permite hacer un plano detalle con mayor resolución. No obstante, hay que advertir que no podemos tampoco tomar estos mapas como 100% correctos. Por ejemplo, cabe la posibilidad de que este frente atrincherado en el Oeste no se completara o que desde luego no tuviera tanta obra como el frente Sur, de mucha más importancia.

Poco cambió el frente de tierra en los años siguientes. En 1831 únicamente se realizarían obras de limpieza y mantenimiento y ya hemos visto cómo el ambicioso proyecto de 1860 quedó en agua de borrajas. Parece que se reconstruyó este frente de tierra respetando su trazado original, aunque viendo el declive de las defensas de la bahía de Santoña, esta reconstrucción bien pudo ser un eufemismo para reparación. El mismo proyecto contemplaba la instalación de 15 piezas de artillería de mediano y pequeño calibre que en 1864 ya había reducido su número a 11. La realidad es que no debió instalarse cañón alguno.

El último proyecto para reforzarlo fue en 1882 e ideado por Manuel de Villespín

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Ortofoto de 2010 del frente de tierra del Fuerte del Rastrillar. Curiosamente, aunque existen imágenes aéreas de 2014, se aprecian mejor los elementos en las de este año.

  1. Glacis
  2. Camino cubierto
  3. Plaza de armas – Revellín
  4.  Foso
  5. Base del puente levadizo
  6. Cortina/Muralla
  7. Baluartes
  8. Entrada de acceso

La imagen aérea nos permite apreciar la totalidad del conjunto del frente de tierra laredano, que por cierto nos ha llegado en un más que aceptable estado de conservación. El conjunto lo conforman el camino cubierto con su glacis defensivo, foso y muralla.

El camino cubierto era la primera línea de defensa y constituye un formidable ejemplo de lo que pretendía ser este tipo de fortificación, ya que sobre el terreno es apenas perceptible al ojo humano según subimos por el monte y nos acercamos al glacis. Es sólo cuando estamos sobre el camino cubierto cuando nos damos cuenta de su perfil. Este camino estaría complementado con otras obras defensivas tales como la banqueta que recorrería toda la línea y en donde los soldados podrían situarse para disparar mejor sus armas, así como estacadas de madera. Estos elementos no han soportado el paso del tiempo al deberse a circunstancias provisionales y al lógico abandono de la plaza. Otro elemento complementario que aparece en este camino cubierto es la plaza de armas que en el caso de Laredo funciona como revellín, pero que si nos ceñimos a la más estricta terminología militar es efectivamente una plaza de armas en donde poder llegar a colocar en caso de necesidad algunas piezas mayor de artillería en el camino cubierto. En el caso de Laredo estaba estratégicamente colocada para defender la entrada al complejo.

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Antigua imagen de Laredo desde el Rastrillar. Aunque podría parecer que en primer término se observara el foso y el camino cubierto, la amplitud del primero me hace pensar que la foto realmente esté sacada desde el glacis del camino cubierto.

El foso dotado de escarpa y contraescarpa se situaba justamente detrás del camino cubierto. En su origen debía tener unos 4 metros de anchura y con una altura en su contraescarpa de 3,5 metros. No debía ser en el ejemplo laredano una obra del todo efectiva, ya que en 1955 se hace eco de su poca altura, profundidad y anchura. No obstante, contaba con puente levadizo. Existe una pequeña estructura cuadrangular en la mitad de este foso que es probable que formara parte de la estructura de este puente o quizás los restos de un cuerpo de guardia que a modo de caponera protegiera al foso desde el interior.

A continuación, nos encontramos con el terraplén o muro donde se encontraba la entrada con rastrillo y la batería artillada del frente de tierra. Está compuesto de una muralla con dos baluartes de traza irregular. El situado más al este se encuentra justo al borde del acantilado, mientras que en el situado al oeste de la entrada, la cortina amurallada continua en descenso por la ladera. Tanto la cortina como los baluartes están revestidos de mampostería con sillares en las esquinas y rematados en un parapeto con talud de amplia inclinación. Este parapeto estaría completado con el adarve preparado para el asiento de las piezas artilleras, así como la banqueta para la infantería. La reconstrucción y refozamiento de esta parte con robusta piedra es en teoría lo único que se realizaría en la decada de los 60 del siglo XIX en esta parte del fuerte.

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Entrada al complejo del Rastrillar con su foso y la estructura cuadrangular de función dudosa.
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Detalle una vez más del plano de 1813 y del proyecto de 1860 con las baterías auxiliares rodeadas en rojo

Finalmente, existieron dos baterías auxiliares en el frente de tierra, ambas construidas por los franceses. La primera estaba situada al principio del camino de subida al fuerte y cabría pensar que su función era precisamente la de defender el acceso al monte. La segunda batería, que debió ser de consideración, estaba situada en la continuación del frente de tierra mirando al oeste para defender con sus fuegos cualquier acometida desde la playa de La Salvé. Aunque se trataba de una obra provisional, con explanada de madera y parapeto de tierra, estaba potentemente armada con tres cañones, aunque desconocemos el calibre. No es casualidad que en el proyecto de 1860 se planearan sendas baterías en estos puntos como complemento a las defensas del frente de tierra. Sin embargo, después de la Guerra de la Independencia, estos puntos se abandonaron y nunca más se hizo obra alguna.

 

 Para ir concluyendo la entrada resulta curioso que pese a que estuvo siempre presente en todos los proyectos de mejora, el frente de tierra laredano nunca llegó a estar artillado más allá de acabar la Guerra de Independencia. No obstante, es uno de los elementos más reconocibles del fuerte del Rastrillar y nos ha llegado en un considerable buen estado de conservación, lo que habla de las bondades de su construcción y pese a que las obras finales del proyecto de 1860 fueran muchísimos más modestas de todo lo que se planeó.

Y hasta aquí damos por finalizada la entrada, un poco tardía, sobre el frente de tierra. Continuaremos con el análisis del frente marítimo con las baterías costeras.

El Fuerte del Rastrillar IV. El frente marítimo

Fuerte del Rastrillar (II) Los edificios

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Continuamos conociendo el vasto complejo del Rastrillar deteniéndonos en conocer un poco más sobre los edificios que nos encontraremos sobre la cima del monte.

Ya vimos en la entrada anterior toda la evolución histórica del Rastrillar, desde un pequeño reducto aislado al sistema defensivo que hoy en día podemos contemplar. Aunque ya lo comenté, me parece oportuno recordar que lo que hoy en día nos ha llegado son construcciones realizadas en el siglo XIX y concretamente del proyecto de 1860. Sólo el cuartel pequeño, el pabellón para oficiales y el trazado del frente de tierra tienen origen napoleónico, pero  sufrieron profundas reformas en el proyecto isabelino. Mención aparte merecen las dos baterías, que si bien tienen un origen mucho más antiguo, fueron reconstruídas ex-novo.

104_3737Empezamos el recorrido por un pequeño edificio rectangular, con tejado a un agua, situado justo al principio del camino que sube a la Atalaya. Aunque no está muy claro, podría tratarse de un pequeño cuerpo de guardia para vigilar el camino de acceso al fuerte. De ser así lo más probable es que fuera construído por los franceses, teoría que se reforzaría por el hecho de que justo en ese punto también se construyó una pequeña batería de campaña y de la que evidentemente no queda rastro alguno.

Situados ya en el interior del propio fuerte nos llaman poderosamente la atención los dos cuarteles. El primero, como ya hemos repetido,laredo.es2 es de origen napoleónico y debió construirse en torno a 1812-1813. Estaba pensado para alojar a unos 250 soldados en un espacio de 143 pies de longitud por 21 de anchura – unos 43,5 x 6,5 metros- vamos, no era el Hilton precisamente. En 1864, dentro del proyecto de Rivero y Fernández, se reconstruyó o se reparó y fue adecuado para 60 soldados, seguía sin ser el Hilton, pero al menos mejoró en algo la comodidad. Al cuartel se le construyó un pequeño anexo en alguna de las obras llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo XIX, y aunque su función es desconocida pudiera tratarse de unas letrinas.

2015-07-25-4112El segundo cuartel se empezó a construir en 1873, año en el cual se aprovechó para hacer varias reparaciones en el fuerte. Este edificio era considerablemente mayor que el primer cuartel con unas dimensiones de 77 x 17 m. y capaz para acoger a dos compañías -300 soldados- En 1877 las obras no habían acabado ni mucho menos y se pensó mejor que sólo acogiera a una compañía, siendo utilizado la otra mitad del edificio como pabellón de oficiales arrestados. Finalmente el edificio no llegó ni a completarse en un cincuenta por ciento, y seguramente no debió ocuparse nunca.

Entre los dos cuarteles tenemos el edificio para el comandante , construído por los franceses y a la par que el cuartel de 1812. En el proyecto de 1860 debió reconstruirse, y seguramente ampliado para su uso como pabellón de oficiales.

100_0097Finalmente, un cuarto pequeño edificio se situa al oeste del cuartel napoleónico. Esta sencilla estructura construída según el proyecto de 1860 pudiera haber sido usada como cocina. Realmente existe cierta confusión en el orden de asignar tanto este edificio como el anterior. Pudiera ser que este fuera el edificio del comandante y el que se encuentra entre los dos cuarteles las cocinas. Sin embargo, si observamos planos franceses de 1813 y otros posteriores a esa fecha pero anteriores a 1860 podemos ver la existencia al norte del primer cuartel de un pequeño edificio. Como sabemos que junto a dicho cuartel los franceses construyeron el edificio para el comandante, es plausible pensar que sea la construcción que actualmente se conserva entre los dos cuarteles tal edificio para el comandante.

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Detalles del plano francés de 1813 y del de 18141 levantado por Francisco Coello

104_3690Otro interesante edificio es el polvorín de arriba. Se trata de un edificio a prueba de bomba construido en los años 60 del siglo XIX. Como responde a la tipología constructiva de un polvorín, está compuesto de gruesos muros sin ventanas y una única puerta de acceso. Exteriormente se construyó un sólido muro perimetral para minimizar lo máximo posible en caso de explosión. Este polvorín fue construido adaptándose y mimetizándose al terreno para que fuera invisible desde el mar, cosa lógica pues de no ser así se convertiría en una diana muy peligrosa. Estaba provisto de dos pararayos para evitar que durante una tormenta un rayo perdido pudiera prender la pólvora y p104_3694rovocar una catástrofe inesperada. Al parecer el arranque de estos pararayos aún puede que se conserve muy oculto por la vegetación. Palacio Ramos teoriza sobre una estructura circular situada muy cerca del polvorín y que pudiera estar relacionado con uno de los pararayos, aunque apunta que lo más probable es que se trate de un pozo que tiene su origen durante la ocupación francesa.

Los siguientes edificios se encuentran ya en dirección hacia las baterías pues su uso estaba ligado a ellas.

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Justamente uno en frente de otro y separados por el camino tenemos un cuerpo de guardia y un almacén de cureñaje y efectos. Ambos construídos en la segunda mitad del siglo XIX.

El cuerpo de guardia es un 104_3993modesto edificio con muros de mampostería, sillares en sus esquinas y ladrillo en los vanos. Desgraciadamente parte de su estructura se ha derrumbado y los que aún sobreviven amenazan hacerlo pronto. Tenía tejado a una sola agua y el interior estaba enlucido con cal.

Por su parte el edificio de cureñaje, aunque un poco más completo que su compañero, también se encuentra abandonado a su suerte y con los muros cubiertos de vegetación. Tenía tejado a dos aguas, hoy día totalmente desaparecido. Sin embargo, el detalle más sobresaliente del edificio y que lo hace único e identificable como almacén, son sus dos grandes puertas definidos por ladrillos, aptas para el ir y venir de carretas.

100_0064Finalmente existen los restos de una pequeña estructura circular cercana al actual mirador de la Rosa de los Vientos y en una posición elevada. Todo parece indicar que se trata de un puesto o garita de vigilancia.

Vamos a ir terminando la entrada con algunas reflexiones en torno a la conservación de este conjunto. Por suerte su futuro parece estar a salvo, y podemos decir que el fuerte del Rastrillar se ha convertido en uno de los símbolos de Laredo. Su declaración como BIC el 20 de Octubre de 2011 debería asegurar su protección.

Sin embargo, el conjunto del Rastrillar estuvo durante muchos años abandonado a su suerte, con la vegetación comiendo poco a poco sus edificios y baterías. Desde hace unos años se ha venido interviniendo en el conjunto defensivo, mediante la limpieza, desbrozo y restauración de sus edificios con más o menos acierto. Si bien las baterías nos habían llegado a la actualidad con un excelente estado de conservación, que nos hace pensar que bajo un planteamiento lógico la única intervención que necesitarían sería la limpieza y consolidación de sus muros, los diversos edificios auxiliares presentaban en los años 90 un deficiente estado, con  las techumbres caidas y con los muros en peligro de derrumbe.

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Estado del Fuerte Rastrillar en una foto aérea del Vuelo de costa de 1989-91. Vemos claramente las ruinas del inacabado cuartel de 1873, el cuartel y edificio del comandante de origen napoleónico y el edificio de cocinas.

La restauración de estos edificios a mi juicio ha sido menos afortunada que las intevenciones en las baterías que, como ya hemos apuntado, de momento se han librado de esta nueva corriente que parece estar de moda en Cantabria de reinterpretar las fortificaciones sin ningún tipo de rigor histórico. Por tanto, desde este modesto blog, esperemos que las baterías de San Carlos y Santo Tomás, joyas de la fortificación de 1860, siguan conservándose tal cual nos han llegado y no venga ningún arquitecto estrella a quitar sus piedras para sustituirlas por materiales nuevos simplemente porque así queda más bonito o a saber por qué motivo.

Realmente exceptuando detalles menores, como la apertura de vanos con materiales modernos, la única actuación realmente criticable en la restauración del Rastrillar 2015-07-25-4114ha sido la intervención en el gran cuartel de 1873. Como vemos en la imagen el edificio resultante de nueva factura ha sido construido  sobre las ruinas inconclusas del cuartel y de un tamaño mucho menor que el original, por lo que la imagen del nuevo edificio sobre las ruinas del antiguo-que por suerte se han conservado- es cuanto menos chocante.

edificio de arrestadosComo vemos en un detalle de la ortofoto de principios de los 90, vemos claramente la planta completa del cuartel, y a tenor de las ruinas podemos teorizar que se debió terminar el ala Norte. Este ala estaba dividida en dos series de estancias divididas por un pasillo, por lo que el inventado edificio levantado por la escuela taller ocupa más o menos las estancias del lado oeste.

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Comparación entre fotos aéreas de 1989, 1992 y 2014 donde vemos la evolución desde estado de ruina y abandono a una restauración que no cumple ningún rigor histórico

Y hasta aquí el segundo capítulo dedicado al Rastrillar, pero aún nos queda mucho que contar. Próximamente nos centraremos en el frente de tierra y las obras de fortificación que los franceses llevaron a cabo y que se reaprovecharon en el proyecto de 1860.

El fuerte del Rastrillar III. El frente de tierra

Fuerte del Rastrillar (I)

Sé que lo ideal hubiera sido desde un principio ir redactando las entradas siguiendo un orden cronológico, lo que hubiera supuesto una mejor comprensión a la hora de entender la evolución de la fortificación costera. Sin embargo, si ya de por sí es dificil la tarea de hablar de todo el conjunto defensivo cántabro, tener que hacerlo de manera ordenada, ya sea temporal o tipológicamente, se hubiera vuelto del todo inviable.

Por tanto, disculpen mis amables lectores y entiendan estos saltos temporales.

Tras un par de ejemplos de la Guerra Civil, volvemos a trasladarnos en el tiempo para hablar sobre una de las fortificaciones más antiguas de la bahía de Santoña. Viajamos a la villa pejina de Laredo para introducirnos en el que es para mí el más fascinante complejo defensivo de Cantabria: el Fuerte del Rastrillar.

Debido a la cantidad de elementos e historia que contiene y conforma el monte de la Atalaya, donde se ubica el Fuerte del Rastrillar, he decidido dividirlo en varias entradas, ya que una única podría resultar excesivamente tediosa. Por tanto de lo que vamos hablar a continuación es de una intoducción histórica del complejo en general y los elementos que lo componen y cómo fueron evolucionando a lo largo del tiempo.

La histora del Rastrillar comienza en 1580 cuando al ingeniero Giorgio Pelearo Fratín se le mando diseñar un baluarte que defendiera la bahía de Santoña eligiendo para ello el sitio de “la Torrecilla”. Sin embargo, pronto empezaron los conflictos entre las villas de Santoña y Laredo, ya que ambas reclamaban que la construcción del baluarte se realizara en su término municipal. Aunque Fratín era de la opinión de que el mejor lugar para defender la bahía en su conjunto era Santoña, Laredo consiguió finalmente que se construyera en el monte de la Atalaya un reducto. La primera obra de fortificación en el monte laredano se llevó, pues, a cabo en 1582 al levantarse una sencilla explanada de tierra con el nombre de reducto de la Rochela y situada en el extremo de la punta homónima.

Entrado el siglo XVII este reducto o fuerte de la Rochela seguía en servicio, al que se le añadió  el castillo o fuerte de San Nicolás. Hoy en día no quedan restos de estas construcciones al tratarse de obras de campaña, en su mayor parte de madera y tierra, lo que incluso dificulta situar exactamente su posición en el monte. Además habría que añadir el efecto que sobre estas primitivas estructuras tuvo el devastador ataque de 1639 y donde su ineficacia quedo patente.

Aunque no podemos alargarnos mucho en esta historia – quizás me lance en una entrada a narrar los sucesos con más detalles – a modo de resumen diremos que en el contexto de la Guerra de los Treinta Años Henri d`Escombleau de Sourdis, más conocido como el Arzobispo de Burdeos y mariscal de Francia por entonces, saqueó Santoña y Laredo. Por tanto vemos cómo tanto las defensas laredanas como las santoñesas apenas supusieron una molestia para la flota francesa, y peor pudo haber sido si no fuera porque la añeja Torre de Treto, que había sido artillada con algún cañón, impidió que los franceses siguieran internándose hacia las juntas de Cesto y Voto.

Pese a este revés apenas se mejoró el sistema defensivo de Laredo que prefirió seguir confiando en las baterías de los muelles del puerto. Tal era el deporable estado de los antiguos reductos de la Rochela y San Nicolás, que en 1677 sólo había en la Atalaya una plataforma con cinco piezas de artillería.

Recién entrado el siglo XVIII, empezada la Guerra de Secesión, se enlosa el Fuerte de la Rochela – entendemos que es aquella plataforma superviviente  de 1677 – y concretamente en 1702 se hace mención del castillo nuevo de la Rochela. Este nuevo castillo, que posteriormente se denominaría indistintamente San Gil o San Miguel, según Palacio Ramos se construyó en el extremo Norte del monte, donde la punta del Buey.

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Detalle del plano de 1726 de Luis de Langost

Las dos primeras décadas del siglo  XVIII vieron una actividad frenética en la fortificación de la bahía, donde la Atalaya no fue ajena. A la construcción del castillo San Gil/San Miguel se añadió en algún momento de esos años  el castillo de Santo Tomás de Villanueva a unos 100 metros de la anterior, pues en 1726 ya había proyecto para unir las dos fortificaciones con una muralla aspillerada. Estas dos fortificaciones de nueva planta parecieron sustituir a los viejos reductos anteriores y aunque llamados castillos eran realmente sencillas baterías a barbeta. En 1742 aproximadamente se debió construir una tercera batería a la que se llamó San Román.

Poco más se debió hacer en lo que restó de siglo, exceptuando reparaciones puntuales y el levantamiento de los planos de las tres baterías laredanas en 1763 por el Ingeniero Ordinario Joaquín del Pino y donde podemos ver cómo la batería de San Gil/San Miguel había cambiado su nombre por la de San Carlos.

En este detalle de un plano de 1802 de Josef del Solar vemos como sólo aparece representada la batería de San Carlos

En el siglo XIX se produce la invasión napoleónica, y de todos es conocidos la obsesión de Napleón por convertir Santoña en un Gibraltar del Norte. Los franceses no se olvidaron de fortificar tampoco el monte laredano que ya empezaba a denominarse en todo su conjunto como Fuerte del Rastrillar. Una de las primeras obras que proyectó nuestro amigo Gabriel Breuille fue precisamente la de aislar el monte construyendo un frente de tierra que protegiera a las baterías marítimas. Este proyecto consistía en un medio frente atrincherado dotado de merlones y explanadas de madera, foso, camino cubierto, estacada y rastrillo en la entrada. A las obras del frente de tierra acompañaron diversos edificios auxiliares como el destinado al Comandante de la plaza, un cuartel para la guarnición y diversos cuerpos de guardia y almacenes de artillería y víveres. Las baterías de San Carlos -antigua San Gil/San Miguel- y Santo Tomás de Villanueva fueron reaprovechadas, no así San Román que desaparecería, y se construyeron algunas nuevas de campaña de tierra y madera.

Plano francés de 1813

Exceptuando algunas obras de limpieza y mantenimiento, tras la guerra, el Fuerte del Rastrillar apenas sufrió modificaciones hasta que en 1859 Antonio del Rivero y Saturnino Fernández decidieran proyectar una serie de mejoras. En realidad el proyecto era bastante impresionante sobre el papel: el frente de tierra mantendría el mismo trazado que aquel proyectado y construído por Breuille, si bien los extremos este y oeste se verían reforzados con baterías acasamatadas y además se construiría una batería a modo de luneta avanzada al principio del monte defendiendo el camino de subida. El frente marítimo mantendría las viejas baterías de San Carlos y Santo Tomás, aunque reconstruyéndolas por completo, a las que se añadirían otras cinco baterías  a diferentes alturas. Las obras comenzaron en 1861.

Sin embargo, como viene siendo habitual en esto de las fortificaciones cántabras, el resultado final fue bastante inferior al proyectado. Del frente de tierra solo se reconstruyó el trazado original, aunque realmente deberíamos hablar de reparación. Palacio Ramos apunta que lo único que se añadió fue el pequeño revellín, aunque si observamos planos franceses de 1813 vemos que este ya existía. Respecto al frente marítimo sólo tres de las baterías proyectadas se empezaron, siendo concluídas y artilladas únicamente dos, precisamente las de San Carlos y

Santo Tomás. En lo que corresponde a los edificios de apoyo logístico se levataron unas cocinas, un almacén de pólvora, un cuerpo de guardia, un almacén de pertrechos y un pequeño repuesto para pólvora. De los edificios existentes  construídos por los franceses se repararon además el cuartel para soldados y el pabellón de oficiales.

En 1873 aprovechando reparaciones diversas en el complejo se comenzó la construcción de otro cuartel, que tendría un tamaño de unos 77 x 17 m. y previsto para acoger a dos compañías, que quedó inconcluso.

Poco a poco el fuerte empezó su decadencia anunciada, tanto que en 1888 sólo montaba dos cañones de hierro rayado de 16 cm. sobre marcos de madera ¡modelo 1857! Seguía en servicio en 1905 con el mismo armamento que en 1888.

Detalle del plano levantado por el Cuerpo de Estado Mayor en 1885 y en donde se aprecian todos los elementos que se conservan actualmente

No debió tardar en ser desartillado, como el resto de sus vecinas fortificaciones sontañesas. Sin embargo, no fue su fin, ya que en 1937 durante Guerra Civil se construiría en el interior del complejo una sencilla posición a barbeta para un cañón, mientras que un segundo ocuparía una de las antiguas baterías costeras.

Y hasta aquí la historia de esta posición donde nunca mejor dicho se hace honor al título de este blog. La Atalaya de Laredo huele a mar, la Atalaya huele a pólvora…

Ahora pasemos a una vista planimétrica del monte con todo los elementos que sobreviven en la actualidad, siendo en su mayoría del proyecto isabelino de 1860.

  1. Pequeño edificio que pudo ser un cuerpo de guardia
  2. Frente de tierra compuesto por el glacis, camino cubierto con plaza de armas a modo de revellín, foso con contraescarpa y escarpa y la muralla.
  3. Cuartel capaz para 60 soldados
  4. Cocina
  5. Pabellón para el comandante militar -No esta muy claro realmente cuál es cuál entre los edificios 4 y 5
  6. Cuartel capaz para unos 3oo hombres inacabado.
  7. Almacén de pólvora. Junto a él una pequeña estructura circular identificado como un pozo, aunque también se ha teorizado que pudiera ser parte del pararayos del polvorín.
  8. Montaje para cañón de 1937
  9. Batería de Santo  Tomás de Villanueva
  10. Batería inacabada del proyecto de 1860
  11. Cuerpo de Guardia
  12. Almacén de cureñaje y efectos
  13. Mirador y posible ubicación de la desaparecida batería de San Román
  14. Restos de garita de vigilancia de época desconocida.
  15. Repuesto de pólvora
  16. Batería de San Carlos, también conocida como San Gil o San Miguel
  17. Estructura desconocida, posible garita de vigilancia
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Vista del Rastrillar desde el puerto nuevo. En primer plano vemos la explanada de la inacabada batería del proyecto de 1860. Más arriba y totalmente mimetizada al terreno el parapeto de la batería de Santo Tomás y finalmente los restaurados edificios del cuartel de 1873, el pabellón del comandante/oficiales, el cuartel para 60 soldados y las cocinas -de izquierda a derecha-

 

Como viene siendo habitual en mis entradas continúo con la cronología del artillado de la Atalaya.

  • 1582- 2 cañones (Reducto de la Rochela)
  • 1639-  2 Cañones de bronce  (Reducto de la Rochela); 8 piezas de hierro y 1 Medio Culebrina de 13 libras (Castillo de San Nicolás)
  • 1677 – 5 piezas
  • 1739 – 2 cañones de 24 ibras y 3 cañones de 18 libras (Batería de San Gil/San Miguel); 4 cañones de 24 libras y 5 de 18 libras (Batería de Santo Tomás)
  • 1762-1765 – 3 cañones de 24 libras (Batería de San Carlos/San Gil/San Miguel); 6 cañones de 24 libras (Batería de Santo Tomás); 4 cañones de 24 libras (Batería de San Román)
  • 1765 – 6 cañones de 24 libras, 12 de 18 libras y 1 de 10 libras entre las tres baterías.
  • 1812 – 10 Piezas en todo el complejo del Rastrillar
  • 1888 – 2 cañones de hierro rayado de 16 cm.
  • 1905 – 2 cañones de hierro rayado de 16 cm.
  • 1937 (Primavera) – 1 cañón Mondragón de 80 mm. al que sustituyó un cañón de origen ruso Krupp de 87 mm. mod.1877
  • 1937 (Julio) – 1 cañón Krupp 77/24 C96 n/A de 77 mm.
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Media Culebrina de 12 libras sobre cureña de dos ruedas con ruedas más pequeñas para su uso en baterías de costa

Nos hemos dejado muchas cosas en el tintero y aún así creo que la entrada se ha alargado demasiado. Pero no se preocupen, seguiremos analizando en siguientes entradas más detalles del Rastrillar. Los espero en el próximo capítulo deteniéndonos en los edificios auxiliares y logísticos. El fuerte del Rastrillar (II) Los edificios

Disculpen no incluir de momento la bibliografía pertinente, esta irá en la última entrada que realice sobre esta apasionante fortificación.